El eterno marido

El eterno marido

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—Pavel Pavlovich, ¿por qué se lleva usted a Aléksieyi Ivanovich? —gimieron las muchachas, dirigiéndole furiosas miradas.

Nadia le miró tan duramente, que él hizo una mueca; pero no cedió.

—Pavel Pavlovich, en efecto, me ha hecho el favor de recordarme un asunto muy urgente, que yo olvidaba —exclamó Veltchaninov, sonriendo.

Estrechó la mano al padre y se inclinó ante la señora de Zakhlebinine y las muchachas, en particular ante Katia, cosa que fue notada, y comentada más tarde.

—Gracias por haber venido a vernos. Que no sea ésta la última vez. Todos nos alegraremos mucho, todos —dijo con insistencia el viejo Zakhlebinine.

—¡Oh, sí; todos nos alegraremos mucho! —repitió la madre calurosamente.

—¡Que vuelva usted, Aléksieyi Ivanovich que vuelva usted! —gritaban las muchachas, desde la terraza, mientras él subía al coche con Pavel Pavlovich.

Y una vocecita añadió, en voz más queda que las otras:

—¡Sí, que vuelva usted pronto, querido Aléksieyi Ivanovich!

—Ésa debe ser la pelirroja —pensó Veltchaninov.


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