El eterno marido
El eterno marido —¡Oh!, acabaré en seguida… cuestión sólo de un minuto —respondió el otro precipitadamente—. Una copa, una copita nada más; tengo la garganta… Y vaciando la copa de un trago, ávidamente, volvió a sentarse, mirando a Veltchaninov con una especie de ternura. Mavra salió.
—¡Qué asco! —murmuró Veltchaninov.
—Mire usted, la culpa es de sus amigas —empezó a explicar Pavel Pavlovich, súbitamente reanimado.
—¿Cómo? ¿El qué? ¡Ah, sÃ! Pero ¿sigue pensando usted en esa historia…?
—¡La culpa es de sus amigas! ¡Ella es aún tan joven! A esa edad no se piensa más que en hacer locuras y disparates, para reÃrse… ¿Y por qué? ¡Si está muy bien…! Más adelante será otra cosa. Yo me pasaré la vida a sus pies, mimándola de continuo; ella se verá considerada y respetada… Además, el trato de gentes, la sociedad… ¡En fin, ya tendrá tiempo de transformarse!
«¡Habrá que ir pensando en devolverle la pulsera!», pensaba Veltchaninov, preocupado, palpando el estuche en el fondo de su bolsillo.