El eterno marido
El eterno marido Veltchaninov le lanzó una mirada despectiva y volvió a pasearse por el cuarto.
—Por lo visto está usted decidido a ser otra vez feliz a toda costa, ¿eh? —no pudo menos de decir al fin.
—¡Naturalmente! —contestó Pavel Pavlovich, en un impulso de ingenuidad.
«Es un extravagante —pensó Veltchaninov—. Toda su maldad no es más que tontería. Pero, en fin, eso no es cuenta mía; y, de todos modos, no tengo otro remedio que odiarle… ¡aunque, en realidad, ni siquiera lo merezca!»
—¡Sabe usted, yo soy un «eterno marido»! —dijo Pavel Pavlovich, con una sonrisa sumisa y resignada—. Hace tiempo que conocía esa frase de usted, Aléksieyi Ivanovich. Sí, desde que nos conocimos en T… ¡Oh!, he retenido una porción de frases suyas de entonces. La otra vez, aquí, cuando habló usted del «eterno marido», le comprendí perfectamente. Entró Marra con una botella de champagne y dos copas.
—Usted perdonará, Aléksieyi Ivanovich; pero ya sabe usted que no puedo prescindir… No se enfade usted si me he permitido… Yo estoy muy por debajo de usted, y ya sé que no soy digno de su amistad…
—¡Bien, bien! —interrumpió Veltchaninov, con repugnancia—. Pero le aseguro a usted que me siento muy mal.