El eterno marido

El eterno marido

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—Vamos a ver, ¿qué cuentas son ésas que quiere usted liquidar? —dijo, al cabo de un prolongado silencio, deteniéndose ante él, con la frente contraída.

Pavel Pavlovich no había cesado de seguirle con los ojos, sin separar las manos juntas del pecho.

—¡No vuelva usted allí! —rogó en voz casi imperceptible, suplicante. Y se levantó bruscamente de la silla.

—¿Cómo? ¿Sólo se trata de eso? —exclamó Veltchaninov, sonriendo malignamente—. ¡Caramba, me lleva usted hoy de sorpresa en sorpresa! —continuó con acento mordaz. Luego, bruscamente, cambió de actitud—. Escuche usted —dijo, con una expresión de tristeza y de profunda sinceridad—; creo que nunca, en ninguna ocasión, me he degradado hasta el punto que hoy: primero, consintiendo en acompañarle a usted; y luego, conduciéndome allí como me he conducido… ¡Todo ha sido tan mezquino, tan lamentable…! Me he envilecido y ensuciado, dejándome arrastrar… sin darme cuenta… Por otra parte —y se rehizo instantáneamente—, usted me cogió desprevenido; estaba enfermo, sobreexcitado… ¡En fin, no tengo por qué justificarme! No volveré a casa de los Zakhlebinine, y puede usted estar seguro de que nada me atrae a ella —concluyó, resueltamente.

—¿De veras? ¿Completamente de veras? —exclamó Pavel Pavlovich, transportado de júbilo.


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