El eterno marido

El eterno marido

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—Yo también le he prometido a usted decirle mi última palabra —dijo, con una agitación interior que a duras penas conseguía dominar—. Pues bien, oiga usted: estimo que todo ha terminado definitivamente entre nosotros, y que, por consiguiente, nada tenemos ya que decirnos… ¿Lo oye usted? ¡Nada! Así, que lo mejor es que tome usted el portante inmediatamente, y me deje en paz de una vez.

—¡Liquidemos cuentas, Aléksieyi Ivanovich! —repuso Pavel Pavlovich, mirándole fijamente y con gran dulzura.

—¿Cómo que «liquidemos cuentas»? —exclamó Veltchaninov, asombrado—. ¡Qué expresión tan rara…! ¿Y qué cuentas son ésas…? ¿Ah, conque ésa era la «última palabra», la revelación que me prometía usted antes?

—Justamente.

—¡Nosotros no tenemos cuenta alguna que liquidar! ¡Hace tiempo que todo está liquidado! —replicó Veltchaninov, con altanería.

—¿Sí? ¿Usted cree? —preguntó Pavel Pavlovich, con tono incisivo.

Y al mismo tiempo hacía el gesto extraño de juntar las manos y llevárselas al pecho.

Veltchaninov calló, y se puso a caminar de arriba abajo por el aposento. El recuerdo de Liza le llenó el corazón: fue como un llamamiento quejumbroso.


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