El eterno marido
El eterno marido —¡Ya lo creo! ¡Y que será buena! Por algo hemos estado achicharrándonos todo el dÃa.
En efecto, el cielo se obscurecÃa, surcado por relámpagos, todavÃa lejanos. SerÃan las diez y media cuando llegaron a la ciudad.
—Le acompaño a usted —dijo Pavel Pavlovich, volviéndose hacia Veltchaninov, al llegar cerca de su casa.
—Ya lo veo. Pero le prevengo a usted que me siento realmente mal.
—¡Oh!, me iré en seguida.
Al pasar por la porterÃa, Pavel Pavlovich se apartó un momento para hablar con Mavra.
—¿Qué ha ido usted a decirle? —le preguntó severamente Veltchaninov, una vez en el cuarto.
—¡Oh!, nada… que el cochero…
—¡Le advierto a usted que lo que es aquà no bebe!
El otro no contestó. Veltchaninov encendió una bujÃa. Pavel Pavlovich se instaló en una butaca. Veltchaninov se plantó delante de él, muy ceñudo.