El eterno marido
El eterno marido —Para ver el efecto que… Mire usted, Aléksieyi Ivanovich, hace poco más de una semana que yo voy allà en calidad de… (Y cada vez se le veÃa más emocionado.) Ayer, al venir aquÃ, pensé: «Nunca la he visto delante de hombres; es decir, delante de otros hombres que yo…» Fue una idea estúpida; ahora lo comprendo. Era completamente inútil. Pero ¡qué se le va a hacer!, me encapriché en ello. ¡Culpa siempre de este maldito carácter!
Y al mismo tiempo levantó la cabeza y enrojeció.
«¿Será verdad todo eso?», pensó Veltchaninov, perplejo.
—Bueno, ¿y qué más? —dijo en voz alta.
Pavel Pavlovich sonrió, con una sonrisa afable y solapada.
—¡Nada; todo han sido niñerÃas! La culpa la tienen las amigas… Y usted tiene que perdonarme mi conducta tan estúpida con usted. Le aseguro que no volverá a suceder.
—A mà tampoco me volverá a suceder. No pienso poner allà más los pies —dijo Veltchaninov sonriendo.
—¡Perfectamente! Eso es lo que deseo.
—Pero yo no soy solo en el mundo; hay otros hombres —advirtió Veltchaninov, inclinándose hacia adelante.
Pavel Pavlovich tornó a ponerse muy colorado.