El eterno marido
El eterno marido —Me lastima usted, Aléksieyi Ivanovich. Yo tengo en el mejor concepto a Nadechka Fedosiéyevna, y…
—Usted perdone; no lo decÃa con la menor intención… Lo que me extraña es que tenga usted tan alta idea de mis medios de seducción… y… que haya depositado usted en mà una confianza…
—Sà lo he hecho ha sido teniendo en cuenta todo lo ocurrido en otros tiempos.
—Entonces, ¿me considera usted todavÃa como un hombre de honor? —exclamó Veltchaninov, deteniéndose en seco ante él.
En cualquier otro momento, hubiérase aterrado de una pregunta tan cándida e imprudente.
—Nunca he dejado de tenerle a usted por tal —contestó Pavel Pavlovich, bajando los ojos.
—SÃ, no faltaba más… No es eso lo que querÃa decir… querÃa preguntarle si no tiene usted ya la menor… la menor prevención…
—¡En absoluto!
—¿Y cuándo llegó usted a Petersburgo?
Veltchaninov no pudo menos de hacerle esta pregunta, aunque de sobra comprendÃa lo imprudente de su curiosidad.
—Cuando llegué a Petersburgo, le tenÃa también por el hombre más honorable del mundo. Yo siempre le he tenido a usted en gran aprecio, Aléksieyi Ivanovich.