El eterno marido
El eterno marido Y Pavel Pavlovich, levantando los ojos, le miró frente a frente, sin la menor turbación. Veltchaninov, de pronto, tuvo miedo. Por nada del mundo hubiera querido provocar él una ruptura.
—Yo le he querido a usted mucho, Aléksieyi Ivanovich —dijo Pavel Pavlovich, como si, de pronto, se decidiera—. Sí, yo le he querido mucho durante su estancia en T… Claro que usted no se daba cuenta —continuó, con una voz temblona, que espantó a Veltchaninov—; yo era muy poca cosa a su lado para que usted se fijase. Más vale así, después de todo. Durante estos nueve años me he acordado mucho de usted. ¡Ningún año tan feliz como aquél! —Y los ojos le rebrillaban singularmente—. He conservado una porción de frases e ideas de usted. Siempre le he recordado como a un hombre dotado de buenos sentimientos, culto, cultísimo, y muy inteligente. «Los grandes pensamientos provienen menos de un gran espíritu que de un gran corazón», dijo usted una vez. Usted quizás lo haya olvidado, pero yo lo recuerdo perfectamente. Siempre le he considerado a usted como un hombre de grandísimo corazón, y tal le he creído… a pesar de todo…
Le temblaba la barbilla. Veltchaninov se sentía aterrado. Era preciso, costara lo que costara, poner término a estas expansiones inesperadas.