El eterno marido

El eterno marido

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—¡Basta! Se lo ruego, Pavel Pavlovich —interrumpió con voz sorda y estremecida—. ¿Por qué, por qué —y elevó súbitamente la voz hasta gritar— por qué cebarse así en un hombre enfermo, agotado, a dos dedos del delirio, y arrastrarlo así a todas estas tinieblas…? Cuando todo no es sino fantasmas, ilusión, mentira y vergüenza. Y lo más vergonzoso es que usted y yo, los dos, somos un par de hombres viciosos, embusteros y viles… ¿Quiere usted que le pruebe ahora mismo, no sólo que usted no puede quererme, sino que me odia usted con todas sus fuerzas, y que miente, puede que sin darse cuenta? Usted vino a buscarme y me llevó a esa casa, no por lo que usted dice de poner a prueba a su futura, ¡ni mucho menos! ¿Acaso puede ocurrírsele a nadie semejante idea…? No, usted me llevó allí para enseñármela, y decirme: «¿La ves? ¿Ves lo hermosa que es? ¡Pues será mía! ¡Ven por ella, ahora, si te atreves!»… ¡Fue un reto que me lanzó usted…! ¡Quién sabe! Es muy posible que ni usted mismo se diera cuenta de ello, pero ese fue el verdadero motivo… Y para que a uno se le ocurra semejante cosa, es preciso que haya odio. ¡Sí, usted me odia!

Corría por el cuarto, manoteando, gritando, y sintiéndose al mismo tiempo ofendido, humillado sobre todo a la idea de rebajarse así hasta Pavel Pavlovich.


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