El eterno marido
El eterno marido —¡Yo querÃa hacer las paces con usted, Aléksieyi Ivanovich! —dijo de pronto el otro, con voz decidida, pero entrecortada, y temblándole la barbilla.
Un furor salvaje se apoderó de Veltchaninov, como si acabase de sufrir la más terrible de las injurias.
—¡Le repito a usted —aulló— que se ceba en un hombre enfermo, agotado, para arrancarle en su delirio no sé qué palabra que no quiere decirle…! ¡Fuera, fuera de aquÃ…! ¡Al fin y al cabo no somos de la misma clase! ¡Compréndalo usted de una vez! ¡Y además… además, hay entre nosotros una tumba! —concluyó, tartamudeando de rabia y acordándose de pronto.
—¿Y cómo puede usted saber…? —Y el rostro de Pavel Pavlovich se desencajó, súbitamente, poniéndose lÃvido—. ¿Cómo puede usted saber lo que esa tumba representa para mÃ, aquà dentro? —gritó, dirigiéndose hacia Veltchaninov y golpeándose el pecho con el puño, con un gesto ridÃculo, pero terrible—. ¡Ah, yo conozco esa tumba, y tanto usted como yo estamos al lado de ella; sólo que del mÃo hay más que del de usted, sÃ, mucho más…! —balbuceó como en delirio, golpeándose todavÃa el pecho—. ¡SÃ, mucho más, mucho más…!
Un violento campanillazo les hizo volver bruscamente en sÃ. Tan fuerte llamaban, que parecÃa como si quisieran arrancar de golpe el cordón.