El eterno marido
El eterno marido —¡En mi casa no se llama de ese modo! —exclamó irritado Veltchaninov.
—Pues en la mÃa no es —dijo entre dientes Pavel Pavlovich, que, en un abrir y cerrar de ojos, habÃa recobrado su aspecto habitual.
Veltchaninov frunció el entrecejo y fue a abrir.
—¿El señor Veltchaninov, si no me engaño? —dijo desde la escalera una voz juvenil, sonora y perfectamente segura de sà misma.
—¿Qué desea usted?
—Sé con certeza —prosiguió la voz sonora— que en este momento se encuentra en casa de usted un tal Trusotskii, y necesito verle inmediatamente.
A Veltchaninov se le pasaron ganas de echar de un puntapié escaleras abajo al sujeto tan seguro de sà mismo, pero reflexionó, se apartó a un lado y le dejó pasar.
—SÃ, aquà está el señor Trusotskii. Adelante…