El eterno marido
El eterno marido Sachenka y Nadechka
Entró en el cuarto. Era un muchacho de diecinueve años, acaso menos, tan joven parecía su semblante altivo y aplomado. Iba vestido con elegancia; por lo menos todo lo que llevaba le sentaba muy bien. Estatura poco más que mediana, cabello negro, largo y rizoso, y los ojos grandes, atrevidos y obscuros, que daban a su rostro una expresión singular. La nariz era un tanto ancha y remangada; sin ella, habría sido muy guapo. Entró dándose importancia.
—Sin duda, es el señor Trusotskii con quien tengo la ocasión de hablar —y recalcó con una satisfacción particular la palabra «ocasión», como dando a entender que no encontraba que esta conversación fuera para él ni un honor ni un gusto.
Veltchaninov empezaba a comprender y Pavel Pavlovich parecía sospechar algo, pues aunque se contuviese, en su rostro se reflejaba cierta inquietud.
—Como no tengo el honor de conocer a usted —respondió tranquilamente—, no creo que tengamos nada que decirnos.
—Escuche usted primero y luego podrá hablar lo que guste —dijo el joven, con un aplomo maravilloso.
