El eterno marido

El eterno marido

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Luego se puso unos lentes de oro que colgaban de un cordoncito de seda y examinó la botella de champaña que había sobre la mesa. Cuando la hubo contemplado suficientemente, volvióse de nuevo hacia Pavel Pavlovich, y dijo:

—Alejandro Lovob.

—¿Qué es eso de Alejandro Lovob?

—Soy yo. ¿No me conoce usted de nombre?

—No.

—¡Sí, realmente no sé cómo iba usted a conocerme! Vengo por un asunto muy importante, que le concierne en particular a usted. Pero, ante todo, usted permitirá que me siente. Estoy cansadísimo…

—Siéntese usted —dijo Veltchaninov.

Pero ya el joven se había sentado sin aguardar su indicación. A pesar del sufrimiento que le laceraba el pecho, Veltchaninov empezaba a interesarse por aquel joven descarado. En aquel rostro gracioso de adolescente había como un lejano parecido con Nadia.

—Siéntese usted —dijo el joven a Pavel Pavlovich designándole negligentemente, con un signo de cabeza, un asiento frente a él.

—No, gracias. Continúo de pie.

—Se cansará usted… Y usted, señor Veltchaninov, puede quedarse.

—No tengo ninguna razón para irme; estoy en mi casa.


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