El eterno marido
El eterno marido —Como usted quiera. Por otra parte, me alegro que asista usted a la explicación que voy a tener con el señor. Nadechka Fedosiéyevna me ha hablado de usted en términos muy halagüeños.
—¿De verdad? ¿Y cuándo ha sido eso?
—En seguida de irse ustedes. De allà vengo. He aquà de lo que se trata, señor Trusotskii —dijo, volviéndose hacia Pavel Pavlovich y hablando entre dientes, cómodamente repantigado en su sillón—. Hace ya largo tiempo que Nadechka Fedosiéyevna y yo nos queremos, habiéndonos dado palabra de casamiento uno a otro. Usted ha venido a meterse de por medio, y yo vengo a invitarle a dejar el sitio. ¿Está usted dispuesto a retirarse?
Pavel Pavlovich se estremeció, palideció, y una sonrisa de maldad se dibujó en sus labios.
—De ningún modo —contestó rotundamente.
—¡Bueno, está bien! —dijo el joven, acomodándose mejor en el sillón y cruzando las piernas.
—Además, ni siquiera sé con quién hablo —añadió Pavel Pavlovich—. Y me parece que ya ha durado bastante la conversación.
Y al decir esto creyó conveniente sentarse.