El eterno marido

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—Ya le decía yo que se cansaría —observó indolentemente el joven—. Tuve la ocasión de decirle, hace sólo un momento, que me llamo Lovob, y que Nadechka Fedosiéyevna y yo nos hemos dado palabra de casamiento. Por tanto, no puede usted pretender, como acaba de hacerlo, que no sabe con quién habla. Tampoco puede usted opinar que no tenemos nada que decirnos. No se trata de mí; se trata de Nadechka Fedosiéyevna, a la que persigue usted de un modo indecente. Ya ve usted si hay materia de conversación.

Dijo todo esto entre dientes, como un petulante que se dignase apenas articular las palabras. Cuando hubo terminado, volvió a calarse los lentes, y aparentó mirar atentamente algo indiferente.

—Usted dispense, joven… —exclamó Pavel Pavlovich, con voz vibrante.

Pero el «joven» le paró en seco. —En cualquier otra circunstancia le habría prohibido en absoluto que me llamase «joven», pero en el caso de que se trata usted mismo reconocerá que mi juventud constituye precisamente, si se compara con usted, mi superioridad principal. Convendrá usted que hoy, por ejemplo al ofrecer la pulsera, habría usted dado cualquier cosa por tener siquiera un adarme más de juventud.

—¡Habráse visto desparpajo! —murmuró Veltchaninov.


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