El eterno marido
El eterno marido —En todo caso, señor mÃo —repuso Pavel Pavlovich con dignidad—; los motivos que usted invoca, y que por mi parte considero de un gusto muy dudoso y sumamente inconvenientes, no me parecen de tal naturaleza que puedan justificar esta conversación. Todo esto son chiquilladas y tonterÃas. Mañana iré a ver a Fedosieyi Semionovich; por el momento, le agradeceré a usted que nos deje en paz.
—¡Pero ve usted la dignidad de este hombre! —gritó el otro a Veltchaninov, perdiendo, al fin, su soberbia sangre frÃa—. ¡Le echan de allÃ, sacándole la lengua, y ni por ésas! Ya está pensando en ir a contárselo todo al padre. ¿Qué mejor prueba, hombre desleal, de que quiere usted obtener a la muchacha a viva fuerza, de que pretende usted comprarla a quienes ya la edad privó de todo juicio, y que se aprovechan de la barbarie social para disponer de ella a su antojo…? ¿No le ha dado ella a usted bastantes pruebas de su desprecio? Hoy mismo ¿no le ha mandado devolver a usted su estúpido regalo, esa pulsera ridÃcula…? ¿Qué más necesita usted?
—Nadie me ha devuelto ninguna pulsera… No es posible —dijo Pavel Pavlovich con un escalofrÃo.
—¿Cómo que no es posible? ¿Acaso no se la ha devuelto a usted el señor Veltchaninov?
«¡Que el diablo le lleve!», pensó Veltchaninov.