El eterno marido
El eterno marido —En efecto —dijo en voz alta, con aire sombrÃo—; Nadechka Fedosiéyevna me encargó esta tarde que le devolviera a usted este estuche, Pavel Pavlovich. Yo no querÃa hacerme cargo de él, pero insistió tanto… Aquà lo tiene usted… Siento mucho que…
Y sacó del bolsillo el estuche, que alargó con aire confuso a Pavel Pavlovich boquiabierto.
—¿Por qué no lo habÃa usted devuelto ya? —preguntó severamente el joven, volviéndose hacia Veltchaninov.
—No se habÃa presentado ocasión —repuso éste malhumorado.
—Es raro.
—¿Qué?
—Que es raro. Usted mismo convendrá… En fin, quiero creer que todo esto no ha sido más que un olvido.
A Veltchaninov se le pasaron unas ganas atroces de darle un tirón de orejas al mancebo; pero, a pesar suyo, soltó una carcajada, que el joven acompañó con otra. Sólo Pavel Pavlovich no se reÃa. Si Veltchaninov hubiese advertido la mirada que les lanzó mientras ambos reÃan, habrÃa comprendido que, en aquel instante, aquel hombre se transformaba en una bestia peligrosa… Veltchaninov no vio la mirada, pero comprendió que habÃa que acudir en socorro de Pavel Pavlovich.