El eterno marido

El eterno marido

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—Escuche usted, señor Lovob —dijo en tono amistoso—; sin prejuzgar el resto de la cuestión, en la que no quiero entremeterme, le haré observar a usted que Pavel Pavlovich, al pretender la mano de Nadechka Fedosiéyevna, tiene en su abono: primero, el consentimiento de esa honorable familia; segundo, una posición considerable; y por último, una buena fortuna; y que, por tanto, está en su perfecto derecho al sorprenderse de la rivalidad de un hombre como usted, admirablemente dotado quizá, pero, al fin y al cabo, tan joven, que nadie puede tomarlo en serio por un rival… Y que, por tanto, no deja de tener razón al rogarle que se dé por terminada la entrevista.

—¿Qué entiende usted por eso de «tan joven»? Tengo diecinueve años, cumplidos hace un mes, y desde hace tiempo la edad que exige la ley para el matrimonio.

—Sí, ¿pero qué padre se decidiría a confiarle, hoy, su hija, por muy destinado que estuviese usted a ser millonario el día de mañana, o un bienhechor de la humanidad? Un hombre a los diecinueve años apenas puede responder de sí propio y usted ¿no tendría inconveniente en cargar, tan tranquilo, con el porvenir de otro ser, tan niño o más que usted…? Vamos, vamos, reflexione usted, y verá que no puede ser… Si yo me permito hablarle así, es porque usted mismo hace un instante, me invocó como arbitro entre Pavel Pavlovich y usted.


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