El eterno marido

El eterno marido

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—¡Ah!, ¿se llama Pavel Pavlovich? —exclamó el joven—. ¿Por qué se me habría figurado a mí que era Vassili Petrovich…? A decir verdad —y se volvió hacia Veltchaninov—, el discurso de usted no me ha sorprendido lo más mínimo. ¡Ya sabía yo que todos ustedes eran iguales! ¡Y eso que me habían hablado de usted como de un hombre bastante a la moderna… En fin, todo eso son vaciedades. Lo esencial es que yo, lejos de conducirme mal en todo este asunto, como usted se ha permitido decir, me he comportado inmejorablemente, así espero hacérselo comprender. Ante todo, ya le dije que nos hemos dado palabra de casamiento; además, yo le he prometido solemnemente, en presencia de dos testigos, que si algún día, después de casados, ella se enamorase de otro hombre o, por cualquier causa, se sintiese deseosa de romper conmigo, yo me reconocería, sin vacilar, culpable de adulterio, para procurarle un motivo de divorcio. Y no es esto todo: como hay que prever el caso en que yo me desdijese de mi promesa, y me negase a procurarle este motivo, el mismo día que nos casemos, para asegurar su porvenir, yo le haré entrega de un pagaré de cien mil rublos, a fin de que si a mí se me ocurriera hacerla frente faltando a mis compromisos, pudiese ella negociarlo en debida forma y llevarme a la cárcel. Ya ve usted que todo está previsto, sin comprometer el porvenir de nadie. Eso, en lo que se refiere al primer punto.


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