El eterno marido
El eterno marido Liquidación de cuentas
—Pero ¿ha visto usted? ¿Ha visto usted? —gritó Pavel Pavlovich a Veltchaninov, apenas hubo salido el joven.
—¡SÃ; tiene usted poca suerte! —dijo Veltchaninov.
A no sentirse exasperado por el dolor creciente que le torturaba el pecho, no habrÃa dejado escapar esta frase. Pavel Pavlovich se estremeció, como si hubiese recibido una quemadura.
—Bueno, y el papel de usted en todo esto, ¿cuál ha sido? Sin duda fue por lástima hacia mà que se encargó usted de la pulsera, ¿no?
—No tuve tiempo de…
—Sin duda porque me compadecÃa usted de todo corazón, como un verdadero amigo compadece a otro, ¿no?
—¡Pues sÃ, señor, le compadecÃa a usted! —exclamó Veltchaninov empezando a irritarse.
Sin embargo, le contó en pocas palabras cómo se habÃa visto obligado a aceptar la pulsera, cómo Nadechka Fedosiéyevna le forzara a entremeterse en el asunto.
—Ya puede usted comprender que yo no querÃa encargarme de ella bajo ningún concepto. ¡Ya sin eso llevo sufridas bastantes molestias!
—¡Pero se dejó usted enternecer y aceptó! —dijo con una risita sardónica Pavel Pavlovich.
