El eterno marido

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—Bien sabe usted que está diciendo una estupidez. Pero, en fin, hay que perdonarle… Ya ha podido ver usted, hace un momento, que no soy yo el que desempeña el papel principal en este asunto.

—¡Nada, nada, que se dejó usted enternecer!

Y, sentándose, Pavel Pavlovich llenó su copa.

—¿Y usted se figura que, sin más ni más voy a cederle el sitio a ese mequetrefe? ¡Sí, sí; como no se lo ceda! Lo partiré en dos pedazos, lo mismo que una caña. Mañana iré a casa de Zakhlebinine y todo se pondrá en orden. Barreremos todas esas chiquilladas…

Vació su copa casi de un sorbo y se sirvió otra, sin preocuparse lo más mínimo de Veltchaninov.

—¡Je, je! ¡Nadechka y Sachenka! ¡Preciosos! ¡Je, je, je!

No podía contener ya su rabia. En esto estalló un trueno formidable, acompañado de relámpagos y de una lluvia torrencial. Pavel Pavlovich se levantó y fue a cerrar la ventana.

—Hace un momento le preguntaba a usted ese mocoso si tenía miedo a los truenos… ¡Je, je! ¡Veltchaninov tener miedo a los truenos…! ¡Y luego con su Kobylnikov! ¿Recuerda usted? ¡Sí, sí, Kobylnikov…! ¡Y que si tenía usted cincuenta años! ¡Je, je! ¿Recuerda usted? —preguntó Pavel Pavlovich, con aire burlón.


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