El eterno marido
El eterno marido —Bueno, aquà se queda usted… —dijo Veltchaninov, que apenas podÃa hablar de dolores—. Yo voy a acostarme… Usted hará lo que tenga por conveniente.
—¡Caramba, ni a un perro se le echarÃa con un tiempo semejante! —gruñó Pavel Pavlovich, herido por la indicación y casi encantado de encontrar una ocasión de darse por ofendido.
—Bueno, pues quédese usted bebiendo. ¡En fin, pase usted la noche como guste! —murmuró Veltchaninov echándose en el diván y gimiendo lastimeramente.
—¿Pasar la noche aquÃ…? ¿No le da a usted miedo?
—¿Miedo? ¿De qué? —preguntó Veltchaninov, levantando bruscamente la cabeza.
—¡Qué sé yo! La otra vez me parece recordar que le entró a usted un miedo horrible…
—¡Es usted un imbécil! —gritó Veltchaninov, fuera de sÃ, volviéndose hacia la pared.
—¡Bueno, bueno, como usted quiera! —dijo condescendientemente Pavel Pavlovich.