El eterno marido
El eterno marido Apenas se había echado el enfermo cuando se quedó dormido. Después de la sobreexcitación ficticia que le había mantenido en pie durante todo el día y que ya desde hacía algún tiempo le sostenía, sentíase débil como un niño. Pero el mal venció, dominando el sueño y la fatiga. No había pasado una hora cuando ya Veltchaninov se despertaba, incorporándose en el diván con ayes de dolor. La tempestad había cesado; el cuarto estaba lleno de humo de tabaco; la botella, vacía sobre la mesa, y Pavel Pavlovich durmiendo en el otro diván. Habíase acostado cuan largo era, sin quitarse el traje ni los zapatos siquiera. Los lentes se le habían resbalado del bolsillo y colgaban del cordoncito de seda, casi a ras del suelo. El sombrero había rodado por tierra, a poca distancia suya.
Veltchaninov le miró con mal humor y no quiso despertarle. Levantándose, se puso a caminar por el cuarto, incapaz de seguir acostado, gimiendo y pensando en su enfermedad con angustia.