El eterno marido
El eterno marido Al fin sucedió lo que había sucedido en el otro sueño: todos refluyeron hacia la puerta y se precipitaron por la escalera; pero eran rechazados hacia el cuarto por una nueva muchedumbre que subía. Los recién llegados traían algo, algo grande y pesado, pues se oían resonar en la escalera los pasos dificultosos de los portadores, en medio de rumores y voces enronquecidas de gritar. En el cuarto, todos gritaron: «¡Ahí lo traen! ¡Ahí lo traen!» Todos los ojos lanzaron chispas y se clavaron, amenazadores, en Veltchaninov, mientras le señalaban violentamente la escalera. Ya no le cabía la menor duda de que todo aquello no era una alucinación, sino una realidad. Se alzó de puntillas para ver antes, por encima de las cabezas qué era lo que traían. El corazón le palpitaba hasta romperse… Y de pronto, exactamente como en el otro sueño, resonaban tres violentos campanillazos. Y de nuevo eran tan claros, tan precisos, que era imposible que no fuesen reales… Lanzó un grito, y se despertó.