El eterno marido
El eterno marido El eterno marido
Dos años después, un hermoso día de verano, hallábase Veltchaninov en un tren, camino de Odessa, para visitar a un amigo. Esperaba, además, que este amigo le presentaría a una señora sumamente interesante, que desde hacía tiempo deseaba conocer más íntimamente. Había cambiado mucho, o mejor dicho, ganado muchísimo en el transcurso de estos dos años. Apenas le quedaban rastros de su pasada hipocondría.
De todos los «recuerdos» que le atormentaron dos años antes, en Petersburgo, durante su interminable pleito, sólo le quedaba cierta confusión, cuando se ponía a pensar en aquella época de pusilanimidad y remordimientos enfermizos. Se consolaba diciéndose que aquel estado de ánimo no volvería a producirse y que nadie se enteraría jamás de ello.
Cierto que, en aquel entonces, había roto con todo el mundo, manteniéndose completamente aislado, y que sus conocidos no habían dejado de notarlo. Pero luego, había vuelto al trato de gentes con tan perfecta contrición, y se había mostrado tan sociable, tan seguro de sí mismo, que todos le perdonaron su deserción momentánea. Los mismos que habían dejado de saludarle fueron los primeros en reconocerle y tenderle la mano sin hacerle preguntas enojosas, como si hubiese tenido que dedicar todo aquel tiempo a asuntos personales, que a nadie más que a él concernían.
