El eterno marido
El eterno marido Veltchaninov palideció mientras leía. Se imaginaba a Pavel Pavlovich encontrando esta carta y leyéndola por vez primera, delante del cofrecillo de familia, el cofrecillo de ébano con incrustaciones de nácar.
«También él debió ponerse pálido como un muerto —pensó al observar su propia palidez en el espejo—. Sí, seguramente que, cuando la leyó debió cerrar los ojos, y luego abrirlos bruscamente, con la esperanza de ver convertida la carta en un simple papel en blanco… ¡Sí, tres veces seguidas, lo menos, debió de repetir la experiencia…!»