El eterno marido
El eterno marido —¡Ah!, pero ¿dónde tendré la cabeza? —exclamó, volviendo sobre sus pasos—. ¡Pavel Pavlovich me encargó que le diera una carta! Aquà la tiene usted… ¿Cómo es que no fue usted a la estación?
Veltchaninov subió a su casa, y abrió el sobre.
Dentro no habÃa una sola lÃnea de Pavel Pavlovich; únicamente una carta de otra letra, que Veltchaninov reconoció en seguida. La carta era antigua; el tiempo habÃa amarilleado el papel, y la tinta habÃa palidecido. Estaba dirigida a él, con fecha de hacÃa diez años, dos meses después de su marcha de T…; pero no fue enviada. Natalia Vasilievna la habÃa sustituido por la otra, por la que él recibió. Instantáneamente, Veltchaninov se dio cuenta de todo.
En aquella carta, Natalia Vasilievna le decÃa adiós para siempre —lo mismo que en la que habÃa recibido—, y le declaraba que estaba enamorada de otro hombre, al que no habÃa revelado que estaba encinta. Para consolarle, le prometÃa confiarle el hijo que iba a nacer, le recordaba los nuevos deberes que esto les impondrÃa, viniendo también a sellar para siempre la amistad de ambos… En suma, la carta era muy poco lógica, pero decÃa con toda claridad que la dejase en paz con su amor. Por otra parte, le daba permiso para volver a T… dentro de un año, si querÃa conocer al niño… Luego, por lo visto, habÃa reflexionado y, sabe Dios por qué, escrito la otra carta.