El eterno marido
El eterno marido —¿Él? ¿Quién…? ¡Ah, sÃ…! ¿Por qué demonios dirÃa: «Veltchaninov tiene cincuenta años, pero está arruinado»? ¿Por qué pero, y no y? Se reÃa a mandÃbula batiente y lo ha repetido un sin fin de veces. Se subió al vagón cantando, y luego lloró… ¡Era una vergüenza, le digo a usted! ¡Hasta daba lástima ver a aquel hombre borracho…! ¡Ah, qué poco me gustan los imbéciles…! Y, para colmo, echaba dinero a los pobres por el eterno descanso de Liza… Era su mujer, ¿verdad?
—Su hija.
—Pero ¿qué tiene usted en esa mano?
—Me he hecho una cortadura.
—Eso no es nada; ya pasará… Ha hecho bien en irse, pero apostarÃa la cabeza a que se casará muy pronto en donde vaya… ¿no lo cree usted?
—¿Y qué? ¿No quiere usted también casarse?
—¿Yo? ¡Oh!, pero es muy distinto… ¡Si será usted raro! Lo que es, si usted tiene cincuenta años, él debe tener sesenta; y en esta materia hay que tener un poco de lógica, amigo mÃa… Además, debo decirle que, en otros tiempos, yo era un paneslavista furibundo, pero que ahora esperamos que la aurora venga de Occidente… Bueno, hasta la vista; me alegro mucho de haberle encontrado sin buscarle. No, no puedo subir a su casa; no me lo pida usted; imposible.
Y se alejó apresuradamente.