El eterno marido
El eterno marido —Sepa usted que antes de marcharse ha ido también allá, y se ha despedido para no volver… Ha cantado de plano y nos ha delatado al padre, que ha mandado encerrar a Nadia en el entresuelo, sin hacer caso de sus lágrimas ni de sus gritos. ¡Pero no cederemos…! ¡Cuidado que bebe! ¿No se ha fijado usted? ¡Es un horror! No ha cesado de hablarme de usted… pero ¡qué diferencia de usted a él! Usted sà es un hombre distinguido, que siempre ha frecuentado la mejor sociedad… y si, ahora, se ha visto usted obligado a apartarse, ha sido por motivos económicos, ¿verdad?
—¡Ah!, ¿es él quien le ha contado a usted todo eso?
—Sà él ha sido; pero no se enfade usted. No hay motivo. Ser buen ciudadano vale mucho más que ser un hombre del gran mundo. Mi opinión, completamente personal, es que hoy, en Rusia, no sabe uno a quién estimar. Y usted convendrá que es una espantosa calamidad para una época, sea cual sea, no saber a quién estimar… ¿no es cierto?
—CertÃsimo… Pero ¿y él?