El eterno marido
El eterno marido —¡Ah, justamente iba a casa de usted! Nuestro amigo Pavel Pavlovich…
—¿Se ha ahorcado? —murmuró Veltchaninov, con aire extraviado.
—¿Cómo ahorcado…? ¿Y por qué? —dijo Lovob, abriendo mucho los ojos.
—Nada… nada… no haga usted caso… creí que… continúe usted.
—¡Qué idea tan extravagante…! ¡Qué se ha de ahorcar! ¿Y por qué se iba a ahorcar? Al contrario, lo que ha hecho es marcharse. Acabo de dejarle en el tren… Pero ¡cuidado que bebe! ¡Una atrocidad! Se ha metido en el vagón cantando a voz en grito. Me dio recuerdos para usted… Vamos a ver, ¿usted qué cree? ¿Es un sinvergüenza?
Alejandro Lovob estaba sumamente sobreexcitado. Su rostro encendido, sus ojos relampagueantes y la lengua un poco torpe bastaban a demostrarlo. Veltchaninov se desternilló de risa.
—¡Ja, ja! ¡De modo que también ellos han acabado por fraternizar! ¡Ja, ja! ¡Se han abrazado y llorado juntos!