El eterno marido

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Su locura —no encontraba otro nombre— creció a tal punto, que acabó por hallar a esta resolución un aspecto razonable y un pretexto plausible. Ya, la víspera, se había visto obsesionado por la idea de que Pavel Pavlovich de vuelta en su casa, debía de haberse ahorcado, exactamente lo mismo que el comisario de que le hablara María Sysoevna. Esta alucinación de la víspera se había convertido, poco a poco, para él, en una certidumbre, absurda pero imposible de desarraigar… «Pero ¿por qué demonios se habrá ahorcado ese idiota!», preguntábase a cada momento. Recordaba las palabras de Liza… «Por otra parte, en su lugar, yo también me hubiese ahorcado…», pensó una vez.

Al fin, no pudo contenerse. En lugar de irse a comer, se dirigió a casa de Pavel Pavlovich. «Me contentaré con preguntar a María Sysoevna», se dijo. Pero apenas había llegado al portal, cuando se detuvo.

—¡Vamos, vamos! —exclamó todo confuso y furioso—. ¿Seré capaz de ir allí para «abrazarnos y que lloremos juntos»? ¿Será posible que me rebaje hasta ese punto, que caiga en una vergüenza e insensatez semejante?

La Providencia, que vela por los hombres de honor, le salvó de aquella «vergüenza e insensatez». Apenas había puesto el pie en la calle cuando se tropezó con Alejandro Lovob, que venía jadeante y sumamente agitado.


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