El eterno marido
El eterno marido El tren paraba en aquella estación cuarenta minutos, y la cena estaba ya servida en el restaurant. A la puerta de la sala de espera de primera y segunda clase había un tumulto de gente que se empujaba y atropellaba para ver mejor. Sin duda había ocurrido algo; probablemente, un escándalo. Una señora, que acababa de bajar de un vagón de segunda, muy bonita, pero demasiado compuesta para ir de viaje, tiraba con todas sus fuerzas de un oficial de caballería, joven y muy apuesto, que trataba de zafarse de ella. En seguida se advertía que el oficial estaba completamente borracho, y que la dama, probablemente parienta suya, y poco mayor que él, le impedía ir a la cantina para seguir bebiendo. En eso, tropezó el oficial con un joven comerciante, igualmente borracho, que venía en sentido contrario. Hacía dos días que el joven comerciante no salía de la estación, ocupado en beber y tirar el dinero en compañía de unos amigos, sin pensar en proseguir viaje. Se cruzaron palabras gruesas; el oficial gritaba, vociferaba el comerciante; la dama, desesperada, trataba de poner fin a la disputa, tirando del oficial y diciéndole con voz suplicante:
—¡Mitenka! ¡Mitenka! —cosa que el joven comerciante encontró «asquerosa».
Todo el mundo se reía a carcajadas, pero él se juzgaba profundamente herido en su dignidad.