El eterno marido
El eterno marido —¿Conque ésas tenemos? ¡Mitenka! ¡Mitenka! —gritó, imitando la voz aguda y suplicante de la dama—. ¡Y no le da a usted vergüenza, delante de todo el mundo?
La dama se habÃa dejado caer sobre una silla, consiguiendo que el oficial se sentara junto a ella. El joven comerciante se les acercó dando traspiés, les contempló con aire de desprecio y aulló un insulto.
La dama lanzó gritos desgarradores; mirando en torno suyo, con angustia, si no habrÃa nadie que acudiese en su defensa, toda avergonzada y aterrada. Para colmo, el oficial se levantó de su silla, vociferando amenazas, quiso arrojarse sobre el comerciante, resbaló, y volvió a caer sentado sobre la silla. Aumentaron las risas, pero a nadie se le ocurrió salir en defensa de ellos.
Veltchaninov fue el salvador. Cogió al comerciante por el cuello de la chaqueta, le hizo dar dos vueltas sobre sà mismo, y de un empellón lo envió rodando a diez pasos de la dama. Esto puso punto final al escándalo.