El eterno marido

El eterno marido

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El joven comerciante, súbitamente calmado por la sacudida y la inquietante estatura de Veltchaninov, se dejó conducir por sus amigos. El aspecto imponente de aquel señor tan elegante hizo tal efecto, que todas las risas cesaron. La dama, toda colorada, con los ojos llenos de lágrimas, le expresó efusivamente su gratitud. El oficial tartamudeó: «¡Gracias! ¡Gracias!», y quiso tender la mano a Veltchaninov, pero, cambiando de idea, se acostó sobre dos sillas y le tendió los pies.

—¡Mitenka! —gimió la dama, con un gesto de horror.

Veltchaninov se sentía muy satisfecho de la aventura y de su desenlace. La dama le interesaba. Indudablemente, se trataba de una provinciana acomodada, vestida sin gusto, pero con coquetería, de modales un poquitín cursis. En fin, todo lo necesario para hacer concebir esperanzas a un Don Juan de Petersburgo.

Trabaron conversación. La dama, con mucha animación, le contó toda la historia, quejándose de su marido, «que había desaparecido de repente y era la causa de todo… Siempre desaparecía en el preciso momento en que se le necesitaba…»

—Ha ido… —tartamudeó el oficial.

—¡Vamos, vamos! ¡Mitenka! —interrumpió ella, suplicante.

«¡Bueno! ¡Cuidado con el marido!», pensó Veltchaninov.


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