El eterno marido
El eterno marido —¿Cómo se llama? —preguntó en voz alta—. Puedo ir a buscarle.
—Pa… Pa… Pa… lich —farfulló el oficial.
—¿Se llama su marido de usted Pavel Pavlovich? —preguntó Veltchaninov con curiosidad.
En el mismo momento, la cabeza calva que tanto conocÃa, surgió entre él y la dama. Instantáneamente, tuvo la visión del jardÃn de los Zakhlebinine; de aquellos juegos inocentes, de aquella insoportable cabeza calva que sin cesar se interponÃa entre Nadechka Fedosiéyevna y él.
—¡Vamos; ya era hora! —exclamó la dama con sorna.
Era Pavel Pavlovich en persona, que se quedó mirando a Veltchaninov con terror y asombro, petrificado, como a la vista de un fantasma. Tal era su estupefacción que, durante un buen rato, no oyó ninguno de los violentos reproches que su mujer le dirigÃa con lengua singularmente expedita. Al fin comprendió, vio lo que le amenazaba, y se echó a temblar.
—SÃ, es culpa tuya; y este caballero —continuaba ella, señalando a Veltchaninov—, ha sido, realmente, nuestro ángel salvador, mientras que tú… tú, siempre que se te necesita, desapareces…
Veltchaninov soltó una carcajada.