El eterno marido
El eterno marido —¡Pero si somos antiguos amigos, amigos de infancia! —exclamó mirando a la dama, toda sorprendida, y poniendo la mano familiarmente, con aire protector, sobre el hombro de Pavel Pavlovich, que sonreÃa vagamente, muy pálido—. ¿No le ha hablado él a usted nunca de Veltchaninov?
—No, nunca —contestó ella, después de un momento de reflexión.
—¡En ese caso, presénteme usted a su mujer, amigo olvidadizo!
—En efecto, querida Lipotchka, el señor Veltchaninov, aquà presente…
Se embrolló, acabó por hacerse un lÃo y no pudo continuar. Su mujer, toda encendida, le miraba con ojos furibundos, evidentemente por haberla llamado Lipotchka.
—¡Y figúrese usted que ni siquiera me ha dado parte de su casamiento, ni me ha invitado a la boda! Pero yo le ruego a usted, Olimpia…
—Semiónovna —apuntó Pavel Pavlovich.
—Semiónovna —repitió el oficial, medio dormido.
—Yo le ruego a usted, Olimpia Semiónovna, que le perdone. Hágame usted ese favor, en gracia de nuestro encuentro… ¡Es un marido excelente!
Y Veltchaninov dio una amistosa palmadita en el hombro a Pavel Pavlovich.