El eterno marido

El eterno marido

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—¡Es la vejez! Sí, envejezco atrozmente —murmuró, paseando de arriba abajo—. Pierdo la memoria, tengo visiones, pesadillas; oigo campanillazos… ¡Al diablo! Sé por experiencia que estas pesadillas son, en mí, señal de fiebre… Apostaría que toda esa «historia» de la gasa negra no es tampoco otra cosa que un sueño. Decididamente, tenía razón ayer: soy yo, yo, el que le persigo, y no él a mí. He llegado a imaginarme un monstruo; y a sentir miedo de él, y a meterme bajo la mesa para ponerme en salvo. ¿En salvo de qué?… Además, ¿por qué le llamo mamarracho y hasta canalla? A lo mejor es una persona muy decente. Cierto que su aspecto no es muy agradable; pero tampoco tiene nada de particular. Y va vestido como todo el mundo. Si no fuera por la mirada… ¡Y vuelta a ocuparme de él! ¿Qué me importa a mí su mirada? ¿Es que no voy a poder vivir sin pensar en ese… en ese…?

Entre todos estos pensamientos que se atropellaban en su cabeza hubo uno que se abrió paso imperiosamente y que le fue muy penoso, a saber: la convicción de que el hombre de la gasa negra había sido en otro tiempo de sus íntimos amigos, y que ahora, cuando le encontraba, este hombre se burlaba de él porque sabía un gran secreto de su pasado y le veía venido tan a menos.


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