El eterno marido
El eterno marido Dirigióse maquinalmente a la ventana para abrirla y respirar el aire fresco de la madrugada, cuando… cuando bruscamente, se estremeció de pies a cabeza, como si algo prodigioso, inaudito, tuviese lugar ante sus ojos.
No llegó a abrir la ventana; vivamente se echó a un lado, disimulándose todo lo posible. Justamente enfrente de la casa, sobre la acera desierta, acababa de divisar al hombre de la gasa negra. Estaba en pie, con la cabeza levantada hacia la ventana. Seguramente no le habÃa visto; miraba la casa atentamente, como si buscase algo. Pareció reflexionar, levantó la mano, se tocó la frente con un dedo. Al fin se decidió: echando una mirada rápida a su alrededor, de puntillas, con pasitos cortos, atravesó la calle muy de prisa, dirigiéndose a la puertecita de servicio, que en verano no solÃa cerrarse antes de las tres de la mañana. «Viene a casa», pensó Veltchaninov, y lo más de prisa que pudo, caminando también de puntillas, atravesó el recibimiento, corrió hacia la puerta y… se detuvo ante ella, inmovilizado por la expectación, con la mano trémula sobre el cerrojo y toda su atención fija en el ruido de los pasos en la escalera.
Tan fuerte le latÃa el corazón, que temió no oÃr subir al desconocido. No oÃa nada, pero lo sentÃa todo con una lucidez decuplicada. Era como si el sueño de antes se hubiese fundido con la realidad.