El eterno marido
El eterno marido Veltchaninov era valiente por naturaleza. A veces se había complacido en llevar hasta la afectación el desprecio al peligro, aun cuando nadie le viese, solamente por admirarse a sí mismo. Pero hoy era muy distinto. El hipocondríaco achacoso de hacía un instante se había transfigurado en otro hombre. Una risa nerviosa, callada, le sacudía el pecho. A través de la puerta cerrada, adivinaba cada movimiento del desconocido.
«¡Ah, ahora entra, sube, mira a su alrededor; escucha en la escalera; contiene la respiración; camina a paso de lobo!… ¡Ah! Coge el pomo de la puerta, tira de él, trata de abrir. Cree que no está cerrada. Entonces, ¿sabrá que a veces me olvido de cerrar?… Otra vez tira… ¿Se figura que la cerradura va a ceder, sin más ni más?… Lástima tener que irse, ¿verdad?… Tener que volverse con las manos en la cabeza, ¿eh?
Y, en efecto, todo debía de haber pasado como adivinaba Veltchaninov. Alguien, efectivamente, estaba allí, detrás de la puerta, tirando con cautela de ella, probando con mucho cuidado la cerradura, «sin duda con alguna idea».
Veltchaninov estaba decidido a saber la solución del enigma; esperaba el momento con una especie de impaciencia; ardía en deseos de descorrer bruscamente el cerrojo, de abrir la puerta de par en par, de encontrarse cara a cara con su espantajo, y de decirle dulcemente: «Pero ¿qué hacía usted, amigo mío?