El eterno marido
El eterno marido Veltchaninov
Entrábase ya el verano, y Veltchaninov, muy en contra de lo que esperaba, veÃase todavÃa en Petersburgo. Su viaje al sur de Rusia no se le habÃa arreglado, y su pleito no llevaba trazas de concluir. El asunto —un litigio sobre propiedad de unas tierras— tomaba mal cariz. Tres meses antes parecÃa sencillÃsimo, sin sombra de duda, y he aquà que, bruscamente, todo cambiaba. «Por otra parte, lo mismo ocurre con todo; hoy, todo se tuerce», repetÃase sin cesar a sà mismo, malhumorado.
HabÃa acudido a un abogado muy ducho, caro y de fama, sin escatimar honorarios; pero, empujado por la impaciencia y la desconfianza, dio en ocuparse por sà mismo del asunto, escribiendo papeles que el abogado se apresuraba a escamotear, corriendo de tribunal en tribunal, haciendo averiguaciones inútiles, y en realidad entorpeciéndolo todo. Al fin, el abogado no pudo menos de quejarse y de aconsejarle que se fuera a pasar una temporada al campo.
