El eterno marido
El eterno marido Pero él no podía resolverse a marchar. El polvo; el calor asfixiante, las noches blancas de Petersburgo, que sobreexcitan y enervan, todo ello parecía deleitarle y retenerle en la ciudad. Habitaba en los alrededores del Gran Teatro, un pisito que había alquilado hacía poco y que no acababa de gustarle. «¡Nada acaba de gustarle!» Su hipocondría, cuyo germen llevaba hacía ya tiempo, iba creciendo de día en día. Era un hombre que había vivido mucho, y holgada y alegremente. A pesar de sus treinta y nueve años, encontrábase ya lejos de la juventud. Toda esta «vejez», como él decía, le había caído encima «casi de sopetón». Él mismo comprendía que lo que le había envejecido tan rápidamente no era la cantidad, sino, por decirlo así, la calidad de los años, y que si se sentía flaquear antes de tiempo, era más bien culpa del espíritu que del cuerpo. A primera vista se le habría tomado aún por un hombre joven: alto, fuerte y rubio, con una cabellera abundante, sin una sola cana, y una hermosa barba que le llegaba casi a la mitad del pecho. Su aspecto podía parecer, al principio, tosco y desaliñado; pero, observándolo más atentamente, advertíase en seguida a un hombre perfectamente educado y estilado en los usos y modales de la mejor sociedad. Conservaba un aire de soltura y hasta de elegancia que no era bastante a ocultar la brusca hurañía que se había apoderado de él, y tenía aún aquel aplomo aristocrático, cuyo efecto quizás ni él mismo sospechaba. Y eso que era hombre de una inteligencia, no ya despejada, sino sutil y excelentemente dotada.
