El eterno marido

El eterno marido

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Su cutis blanco y sonrosado había tenido en otro tiempo una delicadeza verdaderamente femenina, que llamaba la atención a las mujeres. Y aun decían, al mirarle: «¡Hermosa salud! ¡Nácar y rosas!». Sólo que esta hermosa salud se hallaba cruelmente inficionada de hipocondría. Sus grandes ojos azules, diez años atrás hicieron muchas conquistas; ojos tan claros, tan alegres, tan despreocupados, que, sin querer, retenían la mirada que tropezaba con ellos. Hoy, al caer de la cuarentena, la claridad y la bondad habíanse casi apagado en aquellos ojos ya cercados de ligeras arrugas. Ahora, por el contrario, reflejábanse en ellos el cinismo de un hombre de costumbres relajadas, hastiado de todo, la astucia, con frecuencia el sarcasmo, o bien un nuevo matiz que no se les conocía antes, un matiz de sufrimiento y de tristeza, tristeza distraída y como sin objeto, pero, no obstante, profunda. Esta tristeza se manifestaba sobre todo cuando estaba solo. Y lo extraño es que este hombre que hacía dos años apenas era jovial, alegre y disipado, que contaba tan a la perfección historietas tan divertidas, hubiese llegado a preferir la soledad a todo. Deliberadamente, había roto con sus numerosos amigos, cosa acaso innecesaria, aun después de la ruina total de su fortuna. A decir verdad, el orgullo había tenido gran parte en ello. Su orgullo, tan susceptible, le hacía intolerable el trato de sus antiguos amigos; de modo que, poco a poco, había llegado al aislamiento. No por eso quedaron atenuados los sufrimientos de su orgullo, al contrario; pero, al exasperarse, tomaron una forma particular, completamente nueva, llegando a sufrir a veces por motivos imprevistos, que en otro tiempo no existían para él, en los que ni siquiera había pensado; por motivos de «orden superior», a los que hasta entonces no concediera importancia… «Suponiendo que realmente haya motivos superiores y motivos inferiores», añadía para sí. Era cierto, había llegado a verse obsesionado por motivos superiores, en los que antes nunca hubiera pensado. En el fondo, lo que él entendía por motivos superiores eran esos motivos de los que —con gran asombro suyo— nadie podía, sinceramente, reír a solas. (A solas, claro está, pues delante de gente es muy distinto). Él sabía de sobra que a la primera ocasión, mañana mismo, dejaría plantados todos aquellos secretos y piadosos mandamientos de su conciencia, enviando a paseo con mucha tranquilidad los «motivos superiores», y siendo el primero en reírse de ellos. Sin duda, eso es lo que ocurriría; pero, entre tanto, había conquistado una singular independencia de espíritu con respecto a los «motivos inferiores», que hasta entonces tan despóticamente le gobernaran. Muchas mañanas, al levantarse, hasta se avergonzaba de las ideas y sentimientos que había tenido durante el insomnio de la noche. (Y desde hacía algún tiempo padecía de frecuentes insomnios). Tenía observada en sí mismo, desde antiguo, una marcada inclinación a los escrúpulos, tratárase de cosas importantes o de una futilidad cualquiera; así que había resuelto fiarse lo menos posible de sí propio. Sin embargo, a veces tenían lugar hechos cuya realidad no era posible poner en duda. En los últimos tiempos, con frecuencia, durante la noche, sus ideas y sentimientos modificábanse hasta el punto de convertirse casi en lo contrario de lo normal, y muy a menudo perdían toda conexión con las ideas y sentimientos diurnos. Impresionóse mucho al darse cuenta de ello, y se fue a consultar a un médico de nombre, amigo suyo, al que —claro está— contó la cosa en tono de broma. El médico respondió que el hecho de la alteración y hasta el desdoblamiento de las ideas y sensaciones durante la noche, en estado de insomnio, es un caso muy corriente en hombres que «piensan y sienten intensamente» ; que, a veces, las convicciones de toda una vida cambian súbitamente, de pies a cabeza, bajo la acción deprimente de la noche y del insomnio; que de ahí el que se adopten, sin venir a cuento, resoluciones que necesariamente han de ser fatales; que todo ello, por otra parte, va por sus pasos contados, y que, en suma, si el sujeto experimenta muy vivamente el desdoblamiento de su persona, y sufre a causa de ello, es señal de una verdadera enfermedad, y urge, en ese caso, acudir a atajar el mal. Lo mejor, es cambiar radicalmente de género de vida, ponerse a régimen, o viajar; una purga tampoco estaría de más.


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