El eterno marido
El eterno marido Veltchaninov echó una ojeada a su alrededor. La habitación estaba en el más completo desorden, la cama deshecha, la ropa esparcida; en la mesa, unos vasos con restos de café, migajas de pan, una botella de champaña mediana, con una copa junto a ella. Echó también una mirada hacia el cuarto vecino: no se oÃa el menor ruido. La niña se habÃa callado y no daba señales de vida.
—¿Es posible? ¿Se dedica usted ahora a eso? —dijo Veltchaninov, señalando con el dedo la botella.
—¡Oh! No vaya usted a figurarse que me lo he bebido yo todo… —murmuró Pavel Pavlovich confuso.
—¡Vamos, que está usted muy cambiado!
—SÃ, una pésima costumbre… Desde entonces ha sido, se lo aseguro… No le miento… No puedo contenerme… Pero esté usted tranquilo, Aléksieyi Ivanovich, que en este momento no estoy borracho, y no diré tantas majaderÃas como anoche, en su casa… ¡Se lo juro a usted; todo ha sido desde entonces…! ¡Ah! Si alguien me hubiese dicho, hace nada más seis meses, que cambiarÃa hasta este punto y me hubiese mostrado en un espejo lo que soy ahora, no le habrÃa creÃdo. ¡Qué iba a creerle!
—¿Entonces, anoche estaba usted borracho?