El eterno marido
El eterno marido En un abrir y cerrar de ojos cambió la escena. Al ver a Veltchaninov, la niña lanzó un grito y corrió a refugiarse en el cuarto de al lado. Pavel Pavlovich, súbitamente calmado, se dilató en una sonrisa exactamente igual a la de la noche anterior, cuando Veltchaninov abrió la puerta de improviso.
—¡Aléksieyi Ivanovich! —exclamó, con el acento de la más profunda sorpresa—. Pero ¿cómo iba yo a esperar…? Entre usted, se lo ruego. Y siéntese aquí, en el diván… O no, mejor aquí, en la butaca… ¡Me encuentra usted en una facha…!
Y se apresuró a ponerse la americana, olvidando el chaleco.
—No, no, nada de ceremonias; siga usted como estaba —dijo Veltchaninov, tomando asiento en una silla.
—De ningún modo; no faltaba más… Vamos, ya estoy un poco más presentable. Pero ¿por qué se sienta usted ahí, en ese rincón? No, no, aquí, en el sillón, junto a la mesa… No esperaba…
Y se sentó en una silla de paja, muy cerca de Veltchaninov, para verle bien la cara.
—¿Y por qué no me esperaba usted? ¿No le dije anoche que vendría de seguro a esta hora, poco más o menos?
—Sí, pero creí que no vendría usted. Además, esta mañana, cuanto más recordaba lo ocurrido anoche, menos confianza tenía en volver a verle.