El eterno marido
El eterno marido Aventuróse Veltchaninov por un estrecho corredor con dos puertas a cada lado, que le tenían perplejo, no sabiendo a cuál llamar, cuando se encontró con una mujerona gorda y desaliñada, aparentando unos cuarenta años, a la que preguntó por Pavel Pavlovich.
La mujer le señaló con el dedo la puerta de donde provenían los sollozos. Su cara colorada y reluciente expresaba la indignación.
—¡En eso se distrae! —gruñó entre dientes, dirigiéndose hacia la escalera.
Veltchaninov iba a llamar a la puerta, cuando, cambiando de idea, abrió y entró.
El cuarto era pequeño, atestado de muebles de pino pintado. En el centro de ella estaba Pavel Pavlovich, de pie, a medio vestir, sin chaleco ni americana, con la cara descompuesta y muy encarnada. A fuerza de gritos, gestos y quizá también de golpes —por lo menos tal le pareció a Veltchaninov—, trataba de calmar a una chiquilla de ocho años, pobremente vestida, pero en señorita, con un trajecito corto de lanilla negra.
La niña parecía estar en plena crisis nerviosa; sollozaba convulsivamente, se retorcía las manos, levantándolas hacia Pavel Pavlovich con ademán suplicante, como si quisiera aplacarlo, enternecerle.