El eterno marido

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V

Liza

Pavel Pavlovich no había pensado, ni mucho menos, en «escaparse», y sabe Dios por qué Veltchaninov le había hecho tal pregunta. Probablemente porque había perdido la cabeza.

La prueba es que en cuanto preguntó en una tiendecita de Pokrov, le indicaron el hotel, a dos pasos de la iglesia, en una callejuela, como le había dicho Pavel Pavlovich.

En el hotel le dijeron que el señor Trusotskii ocupaba un departamento amueblado en casa de María Sysoevna, en el pabellón, al fondo del patio.

Al subir por la escalera enlosetada, estrecha y sucia del pabellón, hasta el segundo piso, oyó unos sollozos. Era un llorar quejumbroso, como de un niño de siete u ocho años; sollozos contenidos, que, de cuando en cuando, no podían refrenarse y estallaban; ruido de pasos, gritos que se trataba de sofocar, sin conseguirlo, y una voz ronca de hombre. Éste se esforzaba, al parecer, en calmar al niño, y hacía todo lo posible para que no se le oyese llorar, pero dando grandes voces y metiendo él más ruido que el niño, que parecía pedir perdón de algo.


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