El eterno marido
El eterno marido —¡Cierto, de madrugada, de madrugada! —interrumpió Pavel Pavlovich, sacudiendo la cabeza, como si se condenase a sà mismo—. ¿Cómo se me ocurrirÃa?… Pero seguramente que por nada del mundo habrÃa yo entrado en su casa si usted no me hubiese abierto… Me habrÃa marchado, créalo usted… Ocho dÃas antes habÃa ido yo a su casa, Aléksieyi Ivanovich, sin tener el gusto de encontrarle… ¡Es muy posible que no hubiese vuelto! Yo también tengo mi orgullo, Aléksieyi Ivanovich, a pesar de conocer… mi situación. Cada vez que nos hemos encontrado en la calle, me decÃa a mà mismo: «¡Vaya, no me reconoce!» Son muchos años nueve años, y no me decidÃa a abordarle a usted. En cuanto a anoche… habÃa olvidado la hora. Y todo ello, culpa de eso (señalando la botella) y de mis sentimientos… SÃ, ya sé que es una idiotez; pero ¿qué se le va a hacer…! Y si usted no fuese quien es —ya que, a pesar de todo, y después de mi conducta de anoche, viene usted a verme, en consideración al pasado—, si usted no fuese quien es, habrÃa perdido toda esperanza de reanudar nuestra antigua amistad.
Veltchaninov escuchaba con atención. Le parecÃa que aquel hombre hablaba sinceramente, y hasta con cierta dignidad. Y sin embargo, no le inspiraba ninguna confianza.