El eterno marido

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—Diga usted, Pavel Pavlovich: usted no vive solo, ¿verdad? ¿Quién es esa niña que estaba aquí cuando entré?

Pavel Pavlovich arqueó las cejas con aire de sorpresa; luego, con una mirada franca y leal:

—¿Quién, esa niña? ¡Pero si es Liza! —dijo sonriendo.

—¿Qué Liza? —balbuceó Veltchaninov.

Y de pronto, algo se conmovió en él. La impresión fue instantánea. Al entrar y ver a la niña se había quedado un poco sorprendido, pero sin el menor presentimiento.

—Pues nuestra Liza, nuestra hija Liza —insistió Pavel Pavlovich, siempre sonriente.

—¿Cómo; la hija de usted? Pero Natalia… la difunta Natalia Vasilievna, ¿tuvo algún hijo? —interrogó Veltchaninov con voz casi estrangulada, sorda, pero tranquila.

—Pues claro está… ¡Ah, es verdad! ¿Dónde tenía yo la cabeza? ¡Si es natural que usted no lo sepa! Fue después de la marcha de usted cuando Dios nos favoreció…

Y Pavel Pavlovich se agitó en su silla, un tanto emocionado, pero siempre amable.

—No supe nada —dijo Veltchaninov, poniéndose muy pálido.


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