El eterno marido

El eterno marido

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—¡Naturalmente! ¡Naturalmente…! ¿Cómo iba usted a saberlo? Ya recordará usted que tanto la difunta como yo habíamos perdido toda esperanza… ¡Y de pronto, el Señor se acuerda de nosotros y bendice nuestra unión! Es milagroso, ¿eh? Lo que yo sentí, sólo Él lo sabe… Fue un año justo después de la marcha de usted. Es decir, no, un año justo no… Espere usted… Vamos a ver, si no me engaño, usted se fue en octubre, ¿no es eso?, o a principios de noviembre…

—No; salí de T… a mediados de septiembre…, el 12 de septiembre; lo recuerdo perfectamente…

—¿Sí, de verdad? ¿En septiembre? ¿Dónde tendré yo la cabeza? —exclamó Pavel Pavlovich, muy sorprendido—. En fin, si es así… vamos a ver: usted se fue el 12 de septiembre, y Liza nació el 8 de mayo; esto hace… septiembre… octubre… noviembre… diciembre… enero… febrero… marzo… abril… ocho meses, poco más o menos… ¡Y si usted supiera cómo la difunta…!

—Enséñemela usted, hágala venir… —interrumpió Veltchaninov con voz entrecortada.

—Como usted quiera; no faltaba más; en seguida… —exclamó vivamente Pavel Pavlovich, sin concluir la frase y entrando en el cuarto en que se había refugiado Liza.


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